Siempre atentos. Algunos tenían una hora en particular para
hacer una ronda habitación por habitación. Otros los veías dando vueltas a
cualquier momento. Son los "restauradores de almas" del hospital.
En el hospital hay una capilla. Y esa capilla está atendida
por un párroco. Que a su vez, por lo menos cuando estuve yo, lo ayudaba otro curita.
Aparecen y te saludan. Te preguntan cómo estás. Qué te pasó.
Y vos, si querés soltás. Si no, ya te conocen y te siguen saludando todos los
días para ver si "picás".
Cuando digo “si querés soltás”, me refiero a que les das pie
para charlar. Para charlar de Dios, de lo que hacés, de lo que pensás, de lo
que ronda por tu cabeza. De tu bronca, de tu pequeña alegría. De lo que
quieras. Ellos te escuchan. Te aconsejan. Te dan fuerza. Rara vez ellos te empiezan a
hablar de Dios si vos no hablás de Dios. Y si hablás de Dios, por supuesto, te
dan Dios.
La primera semana que llegué al HNP, el párroco no estaba.
Entonces conocí a un misionero jesuita que lo ayudaba. Un chico joven con
muchas ganas y con una sonrisa siempre. Me dieron ganas de hablar con él.
En mi caso particular, desde el segundo día que estuve internado tuve conciencia de
lo que me pasaba. Lo que iba a poder hacer y algunas cosas de lo que no iba a poder. No negaba
mi situación y mi realidad. Y no estaba enojado. Sí, estaba arrepentido de no
haber hecho algunas cosas para prevenir. Pero, qué le íbamos a hacer. No le
eché jamás la culpa a nadie. El segundo día me dije, esto es lo que hay. ¿Por
dónde se empieza a avanzar?
Por ese motivo nuestras charlas, que se hicieron períodicas,
fluctuaron por lo que hacíamos con nuestra vida. Él me contó cómo llegó a donde
llegó y yo le conté lo que hacía y lo que tenía ganas de hacer. Muy pocas veces
hablamos de Dios y alguna de esas pocas veces fue cuando me invitó a tocar la
guitarra en la misa del domingo. Años tocando en misas y hasta dirigiendo un coro
en una parroquia acá en España. No podía decirle que no. Además tenía como una
espinita con el tema de volver a tocar la viola ahora en silla de ruedas. ¿Cómo
sería? Esta fue la excusa para pedirle a Clau que me trajera la guitarra al
hospital. La experiencia no fue muy buena. Será motivo para otro post. Solo fui ese domingo.
Pero las charlas con este misionero jesuita, no terminaron.
Un belga con una historia increíble. Que pasó por el consumo de drogas y una
vida nómade buscando algo que no sabía qué era. Haciendo música y no sé qué más
cosas. Sus padres se separaron en algún momento. Su papá inició una vida
monástica. Luego de muchos años sin verse lo descubre en un lugar de Europa y
luego del rencuentro decide unirse a su misión: mediar y buscar más unión entre
judíos y los católicos a través de la orden de San Ignacio de Loyola. Padre e
hijo se vuelven a unir. Comparten un mismo objetivo y en una misma orden
religiosa.
A su comunidad religiosa, la Iglesia le pide ayuda. Por ese motivo
él está ahí ahora. En el hospital, charlando conmigo. Un par de meses más tarde
me comenta que debe cambiar de servicio y tiene que irse del hospital. Le pido
su dirección de correo electrónico para seguir el contacto. No va a poder ser.
Su servicio implica una especie de voto de silencio. Nos abrazamos y nos
deseamos buena suerte. Impresionante.
Además de mi buena experiencia con este misionero jesuita, al
resto de la gente que tiene relación con ellos les hace bien. Evidentemente con
las diferencias pertinentes en método y resultado, entiendo que su “trabajo” es
similar al que realizan los profesionales de la sicología. Mucha gente se “abre”
con ellos de una forma que no lo pueden hacer con un sicólogo. Particularmente la gente mayor. Creo, a que tienen
una visión más cercana a la del párroco del pueblo. Pero tenemos que entender
(según mi particular y para nada objetiva visión) que la palabra apertura es
relativa para la cultura del español al que no le gusta mucho hablar de lo que
siente y pasa por su corazón.

