Hoy me desperté temprano. Comencé con el rito de todos los
días. Encaucé la horizontalidad de mi cuerpo. Es muy curioso cómo los consejos
que me dieron en el hospital sobre girar en la cama se encarnaron en mí.
Entonces siempre me despierto de costado porque trato de no dormir boca arriba
nunca.
Aguanto los espasmos matutinos y apago el BiPap.
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La señorita callejera |
Después miro a la ventana del frente. En donde el sol
amanece y me permite ver el contorno de las montañas de Gredos. Es muy difícil
que no vea también la silueta de la gatita callejera que ya se adueñó del vano
de la ventana. También es raro que no maúlle cuando percibe alguna conversación
aunque sea leve.
Acto seguido enciendo el televisor. Las noticias me ubican
en este mundo en donde la indignación se me hace cada vez más presente. La tele
es el despertador no solo para mí sino que para Clau también. Ella siempre
despierta antes que yo y va arriba para no molestar, dice. "Arriba" ahora es su
mundo privado. Antes, además de nuestra habitación, estaban mi estudio y la
habitación de costura. Ahora es todo para ella. Es muy raro que no estemos
juntos abajo en nuestro salón, dormitorio, estar y escritorio unificado. Pero
cuando hay algún partido de fútbol, o si yo tengo que grabar algo o si ella
necesita su ordenador, va para "arriba".
Decía que al encender la tele a Clau le avisa que yo ya
estoy despierto (una convención acordada) y unos minutos más tarde baja para
alcanzarme el set de sondaje matutino y el desayuno. Hoy tuvo otro detalle.
Abrió el ventanal que da al jardincito de atrás. “Vas a ver qué fresquito entra”,
me anticipó. Hace unos días que comenzó un verano adelantado.
Además de resaltar los colores verdes del pasto y de las plantas,
abrir ese ventanal hizo que instantáneamente un aire fresco y lleno de olorcito
a jazmín entrara en el salón. Fue una caricia muy fuerte y seductora que hizo
que apagara el televisor. Ahora no solo olía y sentía el frescor, podía
escuchar. Además de percibir el silencio que me tiene acostumbrado este lugar del
pueblo oía a los pajaritos que parecían disfrutar más que yo de esta mañana.
Independientemente del café con tostadas y jugo (zumo) de
naranjas comprendí por primera vez qué habría sentido Grieg y automáticamente
me puse a escuchar “La mañana” de Peer Gynt para seguir con este éxtasis
sensitivo.
Ahora casi todas mis mañanas son así. Percibo las cosas de
otra manera. Una manera más atenta a detalles como los de esta mañana. También
me pasa lo mismo cuando voy conduciendo y en otros momentos más. Quizá sea la
teoría esa que dice que cuando te falta un sentido se agudizan los demás. No
se, pero increíblemente estoy agradecido.
6 comentarios:
Descubrir y dar las gracias por estar vivo, por palpitar, por tener la sensibilidad a flor de piel. De eso se trata. Me alegro que lo hayas descubierto aunque el precio pagado sea caro.
Preciosa la "gatita callejera". A mí también me gusta Grieg y Peer Gynt.
Yo también estoy agradecida del regalo que nos haces con tu blog y entradas y estoy segura que muchos seguidores, con o sin lesión,te lo agradecerán igualmente.
Horace, siempre leo lo que escribís. Nunca pongo comentarios porque la mayoría de las veces no sé qué decir o, mejor dicho, no sé qué escribir. Seguramente sabría qué decir si te tuviera al lado con un rico mate de por medio (ya llegará ese momento). Solo quería decirte que lo que describiste hoy es hermoso y que creo que eso es vivir de verdad. Yo también trato de estar en la vida de esa manera. Cuesta mucho... Pero hoy, con tu relato, me llenaste de ganas y de alegría. Gracias.
Por lo general no soy tan atento como Mariángeles con su blog. Ella paciente y amorosamente responde cada comentario que hacen sus lectores.
No recuerdo un comentario sin respuesta.
Yo soy más vago.
Pero imagínense esta mañana además de calcarse la situación se agregan el espectáculo de ver a mi Clau cortando el pasto y yo disfrutando de estos dos comentarios.
Muchas gracias chicas.
Claudia, amiga desde siempre, me encanta que coincidamos en las formas. Entiendo que cueste porque todo lo que nos rodea nos hace pensar en cualquier cosa menos en disfrutar de la vida y ser feliz.
Me encantaría ahora escucharte y matear como en los viejos tiempos. Es una promesa volver a hacerlo.
Necesitaba responderte. Pensé en hacerlo en un correo pero quiero que los demás sepan cuánto te extraño y cuánto te quiero.
Gracias, Horacio. Sabés que yo trato de no perderme el amanecer desde mi balcón. Sobre todo ahora que con el invierno amanece más tarde. Los colores sobre el río a esa hora son una maravilla. Me acordaba de eso mientras leía tu texto...
Ya tomaremos esos mates, ese día se acerca.
Ceo que no se puede añadir más. Gracias por tus gracias, Horacio.
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